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MIS AMIGAS “LAS VÍBORAS”

In Narrativa, Papiro en blanco
febrero 10, 2023
Por Gloria Ivony Maynas Espíritu gloriamaynas@gmail.com Facebook: Gloria Maynas Instagram: gloria_maynas LinkedIn: Gloria Maynas

En las tierras calurosas del monte, vivía un hombre mayor llamado Nicolás, junto a su nieta Celia que tenía nueve años y los dos eran inseparables. Siempre paraban juntos de un lugar a otro. El abuelo desconfiaba dejarla con cualquier persona. Su preocupación aumentó cuando se acercó la temporada de cosecha de arroz.

–Ahora no sé qué hacer, tengo que salir a cosechar ¿Con quién dejaré a mi nieta toda esta temporada? –se dijo preocupado.

Después de mucho pensarlo le dijo a su nieta:

–Hijita, ¿irías conmigo a la cosecha o preferirías quedarte con la vecina Fidela?

–No, abuelito, yo quiero estar contigo.

–¿Estás segura? Bueno, está bien, pero porta bien ¡sí!

–Sí, abuelito, me portaré bien ¡lo prometo!

Sin embargo, don Nicolás se quedó intranquilo, no sabía cómo cuidaría a su nieta a la hora de la cosecha. Era mucho trabajo como para estar atento a cuidarla -Además, los niños son muy tromes para meterse en problemas. Volteas la vista y en un momento ¡zas! ya se hicieron algo –pensó.

Luego se decía entre dientes:

–Mis manos estarán ocupadas junto a mis ojos y mis peones estarán en la misma condición que yo. ¿Cómo podré cuidar de mi nieta si estaré todo el tiempo ocupado? Aunque me gustaría dejarla con la vecina o con las mujeres de mis peones, ella se pondrá triste y estoy seguro que no va a comer. Sí, mejor, me la llevo.

Esa noche, se quedó angustiado hasta el siguiente día, cuando despertó sus peones ya estaban desayunando para partir al arrozal. Don Nicolás tomó su machete y amarró en su espalda un sacó vacío, mientras llamaba a su nieta que se encontraba desayunando junto a los peones:

–Hijita, deja el plato ahí, después lo lavamos. ¡Vamos ya! que se nos hace tarde.

–Ya, abuelito, pero ¿puedo llevar un cernidor?

–¿Un cernidor? ¿Para qué?

–Para pescar camarones que se esconden debajo de las piedras del río

–Con tal que te distraigas y no te metas en problemas. ¡Pero vamos ya!

Don Nicolás y su nieta, tomados de la mano marcharon camino al arrozal al lado de la quebrada.

Caminaron por dos horas. Antes de llegar debían de cruzar una quebrada que estaba rodeada de troncos secos y del eco que salía de su maravillosa naturaleza:

–¿Abuelito puedo quedarme aquí?

–Hijita, aquí es más peligroso y no quiero que nada te pase.

–Abuelito, no me pasara nada. Además, estaré cerca del río y me podrás oír gritar.

–Hum, está bien ¡Tú, ganas!, pero una vez que te canses de pescar vienes donde estamos y si necesitas algo solo gritas que estaré atento.

–Gracias, abuelito.

Los peones seguían cosechando junto a sus sacos que apenas se podían ver el avance de sus esfuerzos. Celia se divertía en la quebrada sacando uno a uno las piedras más grandecitas, unas sobre otras, mientras jugaba con las piedras y tomaba su cernidor en la mano, se escuchaban ruidos de los búhos, también sonidos de los sapos y el sonido de las hojas que se chocaban entre sí, todo hacía parecer que otra vez iba a llover, pero nada le importaba a Celia, ella miraba sin perder la vista a los camarones que se escondían debajo de las piedras más grandes, piedras que no podía levantar Celia por ser una niña.

Enojada por no ver nada empezó a llamarlos:

–Vengan camarones, no se me escondannnnnnn, quiero comerlos fritoooos, bien frito, ñam –repetía una y otra vez.

Mientras llamaba a los camarones, dos víboras que se encontraban flojeando pegadas a un árbol que se encontraba encima de Celia, se dijeron:

–¡ssssssss!

Las víboras al escuchar la voz de Celia, se silenciaron para hablar en bajito:

–¿Escuchas esa bulla? –preguntó una de ellas

–Claro que sí. Es una niña buscando camarones. Nada más.

–Entonces vayamos a comerla, que hambre tengo desde hace días por culpa de ese humano cazador que nos juró matarnos si salimos de nuestro escondite.

–Cómo piensas comerla. No vez que es una niña, eso te pasa por quedarte con un solo ojo por amargada y ODIOSA

–¿Odiosa? Acaso no tengo razones para odiar a todo el mundo. Un humano me cambió la vida. Me arrancó un ojo – (ssssssss)

–Chusssss, cállate, creo que nos está escuchando. Parece sapaza la chibola.

Celia oyó voces y las vió.

–¿Qué hacen ahí hablando solas?

–Niña ¿A qué hora piensas correr para no picarte? – dijo una de las víboras mientras bajaba del árbol.

–Yo no pienso correr. ¿A caso ustedes me piensan comer?

–¿Comerte? A caso estás loca niñita. Además, estás flaquita. Puro hueso y pellejo no comemos. Ni te ilusiones niña.

–Yo no estoy flaquita. Es solo que estoy todavía creciendo. Yo solo quiero que sean mis amigas.

–¿Amigas?

–Sí, solo quiero jugar con ustedes, mientras mi abuelito trabaja junto a sus peones, porque estaré toda la temporada de la cosecha de arroz por aquí.

–Pero si tu abuelito nos ve jugando nos cortará en pedacitos para ser comida de los pescados y antes que eso pase, primero lo matamos.

–¿Matar a mi abuelito? y ¿por qué?

–Sí, porque odiamos a los humanos. No tienen compasión en sus corazones por nosotros los “ANIMALES” – ya suelta a la niña, dijo una de las víboras

–No le diré nada a nadie ni a mi abuelito. Será nuestro secreto, lo prometo

Pasaron los días y Celia era la primera en alistarse para ir al arrozal junto a su abuelito y como siempre pedía que la dejaran en la quebrada a buscar camarones… pero en realidad jugaba a la cuerda con las víboras.

Una tarde del domingo, Celia esperó que nadie esté cerca de ella para que pueda jugar con sus amigas las víboras, pero esa tarde don Nicolás decidió no cosechar a la hora acostumbrada para ayudar a su nieta a pescar. Cuando llegó al río, vio a su nieta junto a dos víboras.

Miró con sorpresa y terror a las víboras, tomó su machete y lo lanzó hacía las víboras diciendo:

–Aléjense de ella.

Y ¡plum! el machete cayó en los pies de su nieta.  Cerca, casi de herirla.

El abuelo, desesperado corrió donde su nieta y las víboras se escaparon, pero se fueron cerca dónde no las pudiera ver y a su vez saber que pasaba con la niña. Veían al abuelo llorando.

–¡Hijita, perdóname! Ahorita te voy a curar

–Abuelito, yo estoy bien, solo no quiero que hagas daño a mis amigas.

–¿Amigas? ¡Esas víboras! Esas víboras no son tus amigas.

–Sí lo son, abuelito. Toda esta jornada ellas me han acompañado y nunca me han lastimado. Más bien me han cuidado del caimán que rodea el río.

–Ahora entiendo lo feliz que te hacía venir conmigo.

–No las mates ¡por favor!

–Así las quisiera matar, ya se fueron.

–No, abuelito, ellas están cerca.

–Entonces diles que cuentan con mi autorización para que sigan siendo tus amigas, llama a las víboras, diles que bajen.

Las víboras estaban resentidas y no querían bajar pese a la llamada de la niña. Pero a tanta insistencia, bajaron lentamente, levantando la cabeza respondieron:

–Señor, no lo picamos solo porque su nieta es nuestra amiga ¡Zassss! –había sonidos de molestia.

–Comprendo que estén molestas conmigo, pero no podía creer que ustedes fueran buenas víboras.

–Nosotras podríamos picarle en estos momentos, pero le escuchamos decir desde nuestro árbol, que dejará que su nieta sea nuestra amiga.

–Así es, víboras, dejaré que ustedes sean sus amigas, pero también quiero pedirles disculpas por haberlas querido matar.

–Lo vamos a pensar –respondieron entre ellas orgullosas.

Las víboras se acercaron y abrazaron a Celia y al abuelo. Al principio el abuelo tenía miedo, pero luego de sentir ese abrazo de enroscamiento pudo saber que, aunque frías tenían corazón, que latía y que sus intenciones eran buenas.

–Te queremos abuelo –dijeron– aunque tengas la sangre tan caliente como el verano en la selva.

Y desde entonces fueron buenos amigos.