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LA TENTACIÓN DE RIBEYRO

Por Marco Antonio Panduro

Sobre Ribeyro, hace unos años, en su visita a Perú, Javier Cercas declaraba que al autor de La tentación del fracaso, le ocurrió lo que a otros escritores les sucede, aquellos que ambicionan escribir grandes novelas y secretamente hacen su mejor obra. De hecho, en La tentación del fracaso, Ribeyro dio lo mejor de sí casi sin percatarse o deliberadamente, aunque en él rondara cierto temor de que esta suerte de diario personal opacara su cuentística. No ha sido así, menos mal. Son dos registros diferentes que coexisten en el corpus ribeyriano.

Cómo ha escrito Miguel Donayre, una de las ideas que Julio Ramón Ribeyro esboza en esta suerte de diario premeditado para dejar de ser íntimo, es que «la literatura peruana está encajonada a géneros de siempre: novela, cuento, poesía, ensayos…, él (Ribeyro) es de la opinión que no se explora otros géneros como son los diarios».  Hay cierto pudor para el journal intime en autores peruanos, si se compara con otras latitudes, desde Paul Léautaud, Anaïs Nin, Stendhal, Amiel, Jünger, Chateaubriand, Casanova, Kafka, Stefan Zweig, y más…

En Perú, «la publicación de diarios es a cuentagotas», dice. Quizás porque las mejillas se ruborizan con facilidad cuando se trata de explorar en el interior personal, explicado esto porque la sociedad peruana todavía respira hondo la colonialidad religiosa. No es el caso, efectivamente, de J.R.R.

En La tentación de fracaso, Julio Ramón Ribeyro desplegó la sinceridad exclusiva de los diarios íntimos, aunque su autor la haya concebido, mientras este se engrosaba, como memorias en lista de espera para entrar en galeras. Y como ha señalado el mundo académico, sus páginas contienen la reflexión de un escritor en el diario batallar de su profesión, de ese temor a la página en blanco, y a veces, solo a veces, el gesto de satisfacción cuando siente que va por buen camino. De hecho, el algún momento Ribeyro utiliza el diario para dialogar en sus conflictos de creador con su obra, así la relación entre cuento y diario se vuelve estrecha, allí donde se vuelcan comentarios y cuestionamientos de lo que viene escribiendo o de lo planeado a escribirse.

Hacia los años 90, los jóvenes peruanos de esa época –todavía no hemos dejado de ser ambos– enlistábamos a tres escritores en sus plenas facultades: Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro, en ese orden. Y siempre se decía que nuestro mejor escritor era MVLl; el más querido narrador, Alfredo Bryce; y el más entrañable venía a ser el “flaco” Julio Ramón.

Precisión y sencillez es lo que se encuentra en sus cuentos. Mas esa sencillez es aparente, por la profundidad para adentrarse en la psicología de sus personajes, contados desde afuera, a través de sus diálogos; y el ambiente, en mayoría empobrecido, que los rodea. De hecho, Chejov como cuentista, fue uno de sus mayores influjos. Calidez para narrar, incluso asuntos turbios como el clásico “Interior L”, cuento sin exuberancias narrativas. Guiños técnicos, sí, los necesarios y dosificados, pero dador de una calidad diferente de los que ostentan el lirismo o el exceso técnico literario. Aquí, el maestro del relato breve ha sabido alternar diálogos que saltan de un presente hacia un pasado que es el inicio y explicación de todo el drama.

En aquellas conversaciones de amigos, los cuentos de Ribeyro afloraban como una suerte de déja vu, cuando en una tarde cualquiera, alguien desde los altos de una casa, podía comentar «Esta vista me hace recordar “Por las azoteas” de Ribeyro». O como en “Al pie del acantilado”, y su identificable inicio, el de «Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla como crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares», esa gente del pueblo de la costa migrante que es como el coro de una tragedia griega, a decir mismo de Ribeyro, presente y visible, pero alejado irremisiblemente de los dioses.

“El próximo mes me nivelo”, “El profesor suplente”, “Las botellas y los hombres”, “Solo para fumadores”, en fin, cuentos que se acercan a la centena que han sobrevivido, y contra cualquier pesimismo que su autor hacía ver, empero soterrado deseo que fuera lo contrario, encuentra lectores en estas nuevas generaciones. Es más, fuera de los resultados fílmicos, hace unos años, se rodó un cortometraje basado en el clásico “Alineación”. La historia de Roberto López, el joven azambado hijo de lavandera que experimenta un cambio desde su nombre de Roberto a Robert, luego a Boby, y, finalmente, a Bob, porque «La vida se encargó de enseñarle que si quería triunfar en una ciudad colonial más valía saltar las etapas intermediarias y ser antes que un blanquito de acá un gringo de allá». Y porque ha ido a la conquista de una epicúrea Queca, o algo similar, en la tierra del tío Sam, aunque acabe como carne de cañón, a miles de kilómetros de distancia, trasladado por el ejército norteamericano, en las primeras líneas de una patrulla sobre el suelo de un país llamado Corea, y Queca, la verdadera, la blanquita peruana limeña inalcanzable, por quien todo se inició, recale en Kentucky al lado del tal Billy Mulligan que también sufre metamorfosis y, de pareja feliz a marido ideal, termine siendo golpeada por este gringo que le encara ser una “chola de mierda”.

Sin saberlo, en sus días finales, Ribeyro se volvió asentar en esa Lima de los años 50 que fue retratada en sus diferentes capas y sus interacciones típicamente peruanas; frente al mar, eso sí. Elemento y vista tan imprescindibles en su adolescencia. Hay cosas que no han cambiado un ápice. Y es que también Lima es el Perú, y Lima contiene muchas Limas. Coincidentemente, ese año es merecedor del premio internacional Juan Rulfo por el conjunto de su obra (un año antes había sido distinguido como Premio Nacional de Literatura), lo que le dio cierta exposición mediática, algo que siempre había eludido y al mismo tiempo los medios no lo consideraban una figura de peso para colocarlo debajo de sus reflectores.

Aquel año de 1994, Ribeyro concedió un par de entrevistas televisadas. Una de ellas la realizó Eloy Jaúregui, esta entrevista desde que la emitieron sabía a inolvidable, y aquel reportaje emitido en Panorama, conducido por Güido Lombardi, no ha envejecido en absoluto. Diríase que ha hecho un camino inverso, se ha puesto mejor, como sus cuentos, como Crónica de San Gabriel, la mejor de sus novelas; como La tentación del fracaso, bitácora testimonial interior y su inimitable prosa con sus confesiones y reflexiones de escritor que lo salvarán de lo superficial y lo banal –«si en una época llevé un diario casi cotidiano creo que fue para salvar mi identidad de los avatares de una vida morosa, dispersa y vagabunda»–, como la obra entera de Julio Ramón, nuestro entrañable “flaco”.