Cuando comencé la lectura de la novela, no pude evitar –por lo menos, no al principio– detenerme a examinar, casi quirúrgicamente y con cierta cautela, una Europa atormentada por la gripe española que Carlos Castro Pinto se encargó tan bien de hacernos digerir, de manera que, aunque no quisiéramos leerla por miedo, no podríamos evitarla. Porque, con la pandemia reciente que estremeció dolorosamente al mundo, evocar la peste provoca un nudo en la garganta, una desazón profunda; sin embargo, en una sociedad golpeada como la nuestra, en la que la pandemia supuso la muerte de más de doscientos mil compatriotas, se vuelve indispensable y perentorio problematizarla, explorarla y confrontarla. Por tanto, pienso firmemente que novelizar acerca de una afectación universal como esta, lejos de detener el cauce de la literatura, la enardece, la estimula y la posibilita. En ese sentido, el gran mérito de la novela es revelarnos la miseria humana que la gripe deja al desnudo. Si tuviera que ejemplificarlo con un poema, elegiría aquel que se titula Cuerpo enamorado de Jorge Eduardo Eielson, porque leer Luego vino la gripe significa eso, vernos desnudos frente al espejo, no enamorados, sino desmitificados, no de manera voluntaria, sino empujados por las circunstancias, desprovistos al mismo tiempo de esperanza, pero haciendo lo posible por encaminarnos de regreso a ella.
La novela, de entrada, sitúa la historia familiar de los Recarte en El Castellar, España. Aquí sobresale su primera particularidad y es que el autor apuesta por un mundo representado que no es Lima u otra región del Perú, sino Teruel (una provincia de España) y que no se enmarca en un periodo inmediato, sino que opta por remontar la historia de la novela a un pasado lejano, específicamente la segunda década del siglo XX. La noticia de la peste que escala a niveles apocalípticos apremia a la familia, la empuja a tomar una decisión inexorable. El desarraigo se convierte en un mecanismo de escapatoria y sobrevivencia en un mundo en acabamiento, las tensiones crecen debido a las dudas, la incertidumbre y las negativas de los integrantes de la familia a abandonar la tierra cultivada. Cada miembro de la familia, a su modo, experimenta la pérdida, incluso los niños. En esta nueva marcha de no retorno siempre hay algo que debe quedar atrás. Lo interesante, y lo que describo como segunda particularidad bastante lograda, son las abiertas hostilidades y reticencias que dejan traslucir continuamente las interacciones entre madre e hijo (doña Consuelo-Raúl). Al adentrarnos en la novela, iremos descubriendo poco a poco las motivaciones reales detrás de estos comportamientos que bien podemos juzgar de antemano como injustos. Considero, en ese sentido, que parte de su dinamismo se debe a que muy pocas veces el narrador descubre lo que está ocurriendo en su totalidad. ¿Por qué esa relación marcadamente ríspida entre madre e hijo?, ¿qué viejos odios revela?
El tiempo en la novela es otra gran característica. A menudo el narrador se vale del recurso de la analepsis para evocar el pasado, sobre todo para darnos cuenta de información íntima de los personajes ligados al mundo de los hacendados y peones. Pero lo novedoso o resaltante no reside ahí. A pesar de que los personajes padecen una libertad restringida y siempre bajo latente amenaza, no ocurre lo mismo en el plano de la narración, pues la única libertad posible dentro de esa restricción tan avasallante para ellos es la posibilidad de volver a sus orígenes, introspectivamente hablando, y eso se manifiesta en el plano formal de la novela. En el plano formal, los personajes de Castro Pinto son capaces de experimentar esa libertad tan restringida que les ha sido impuesta por las circunstancias de la peste para ese ejercicio introspectivo, tan plagado de contradicciones. Un vuelco breve al pasado lo ejemplifica la vivencia de Raúl con su padre y la experiencia de un amor cándido de niños con Hanna.
Por otro lado, el tormento del espíritu revolucionario los persigue como una sombra; los efectos de las decisiones políticas de la hermana de Raúl, Lola, los aqueja y amenaza incesantemente con estropear los planes de sobrevivencia de los Recarte. Con esto parece ser que el enemigo mortífero no es la peste ni los guardias corruptos que impiden el paso a confines más seguros, sino las luchas encarnizadas e invisibles debido a la incomunicación, cuyos estragos repercuten sin ser partícipes al resto de la familia de los Recarte, en términos de patrimonio y resquebrajamiento de la salud. Pese a la gran carga de desaliento y desesperanza, la novela conjuga esta primera atmósfera con relatos de distensión, semejante a la dinámica metatextual en Los cuentos de Canterbury de Chaucer, en la que los personajes en plena peregrinación acuerdan la narración de historias que leeremos en un segundo nivel narrativo. Los relatos de miss Gladys, personaje tan singular por su sabiduría, cumplen un rol fundamental en la novela porque contribuyen a su distensión con historias aleccionadoras expresadas en un lenguaje que fluye con mayor naturalidad y practicidad, como aquella del joven artista que solicita crédito a su amigo con tal de mantener vivas sus aspiraciones al margen de las complicaciones familiares.
En síntesis, considero que Luego vino la gripe es una novela que revitaliza el tópico de la peste porque exige volver la mirada al interior del individuo, escarbar en el pasado y darse cuenta de que los viejos rencores todavía están ahí. Sus personajes son seres que, pese a estar restringidos en su libertad, optan por el mecanismo de los recuerdos como un modo de escapatoria y refugio. Son seres que, como Raúl, se desanclan de la realidad para volver a ella inevitablemente y continuar, como seres arrojados al mundo que son, en la marcha de la búsqueda por la sobrevivencia y, por qué no, también la esperanza.


