1881: LA TOMA DE LIMA

In Sociedad & Política
enero 16, 2023
POR MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ SOSA / Miguel Ángel Rodríguez Sosa (Arequipa, Perú, 1952) / Autor de ensayos, artículos de opinión, narraciones y novelas.

Declinó la luz del día sobre Lima el sábado 15 de enero. La batalla en la línea de los acantilados costeros a Surco estaba perdida. En el reducto No. 3 la batería fue dinamitada por los defensores en retirada; el tren artillado que llegaba con tardíos refuerzos a la estación de Miraflores fue capturado por los soldados del regimiento Santiago. En la ciudad dejó de oírse el retumbar de los cañones, incluso de los navíos que habían bombardeado el balneario, pero se escuchaba el crepitar de la fusilería de los dispersos defensores combatiendo al paso de las tropas chilenas en calles y a cubierto de improvisados parapetos incluso en las puertas de las viviendas.

Como sucedió con Chorrillos el día 13, Miraflores fue también saqueada e incendiada en parte por los vencedores que repasaban a los heridos y mataban a fusil y bayoneta a quienes creían combatientes. La orgía de sangre desatada por la soldadesca intentó ser controlada y solo se consiguió en parte prendiendo fuego a los depósitos de alcohol que nutría la ebriedad de los atacantes. Ya era caída la noche cuando una locomotora con dos grandes banderas blancas y parlamentarios llegó de Lima y en pocas horas cesaron los fuegos.

La mañana del domingo el sol veraniego alumbró en el extrarradio sureño de la capital un espectáculo de desolación y muerte. Ruinas humeantes, enseres desparramados, cadáveres ensangrentados regados en calles y huertas, hileras o rumas de fusilados apoyados en tapias y a la vera de caminos. Mujeres dolientes buscando a sus esposos, padres e hijos partícipes del combate, que no habían retornado; cargando restos humanos en carretas ayudadas por sirvientes empavorecidos. Un silencio sepulcral se impuso a las dianas militares de los invasores.

Los peruanos habían perdido entre 2.500 y 3.000 combatientes; los chilenos un aproximado menor. En las filas de los defensores había sucumbido la flor del llamado ejército de la reserva, civiles enlistados apresuradamente, poco entrenados y mal armados en su mayoría. Los restos del ejército de línea se habían retirado hacia las serranías encabezados por el dictador Piérola que tomó el rumbo de Canta y la capital del Perú estaba inerme a merced del invasor esperando el desastre que se anunciaba. Las sedes de legaciones extranjeras repletas de familias refugiadas; solo en las de Francia unas 2.500 personas.

Aun antes de la batalla una parte de la población de Lima, los que pudieron, habían huido hacia fundos y poblados del interior: Huarochirí, Huaral, o se refugiaron en Ancón al amparo de las naves extranjeras.

Del 15 al 16, junto a los desmanes vesánicos de los chilenos, asaltos violentos y vejaciones se sucedieron a cargo de dispersos de los restos del ejército peruano. También una sublevación de peones chinos de los fundos agrícolas vecinos de la capital; rapiña de la plebe.

Con la huida de los jefes militares sobrevivientes, toda autoridad había desaparecido en la ciudad, excepto el alcalde Rufino Torrico, y en sus calles las tiendas eran saqueadas, las puertas de las casas forzadas y si había resistencia, asesinados sus ocupantes. Saqueos y violaciones por doquier. Soldados ebrios y descontrolados se disputaban a balazos y cuchilladas los botines y casi no había transeúntes que se atrevieran a salir de sus casas. La chusma saciaba sus apetitos rapaces y sus resentimientos contra la Tres Veces Coronada Villa de los Reyes; los insurrectos peones chinos azuzados por su cabecilla que se hacía llamar Quintín Quintana iniciaron los asaltos de los negocios de sus connacionales en el centro de la urbe.

 

“Fue en la historia del Perú republicano y tal vez mundial el caso singular de que los extranjeros junto a una minoría de nacionales tuvieran que armarse y comprometerse en peligrosa lucha en la capital para proteger vidas y propiedades, teniendo que convertirse de hecho en jueces y ejecutores que consiguieron .por la fuerza someter a los amotinados”

El día 16 muy temprano mostró la presencia de grupos de individuos, no solo hombres, también mujeres y hasta muchachos actuando con gran desorden, en muchos casos armados, agentes del disturbio ante la inexistencia de autoridad alguna. La variopinta plebe estaba exaltada debido al consumo de licor que obtenía del ataque y saqueo de pulperías y almacenes en distintos puntos de la ciudad. Para el mediodía, abiertas y saqueadas las casas y almacenes,  el número y  furor de los amotinados aumentó a causa de no haber quién pudiera contenerlos. Merodeo, asalto, incendio y asesinato se sucedían con el móvil del robo. Las disputas entre las bandas eran feroces; se cruzaban balas de rifle y cuchilladas por doquier. Lo mismo estaba aconteciendo en el Callao; allí como en la Portada de Maravillas testigos aseguraron haber visto grupos de vándalos ondeando banderas rojas y negras. Hubo quienes clamaban por la entrada de las tropas chilenas en la ciudad, como sucedió con las rogativas parisinas para la entrada de las tropas prusianas a fin de sofocar la Comuna de París diez años atrás, cuyo fantasma recorría la urbe.

Una parte de los hombres vecinos de Lima había acudido a la batalla en la línea de Miraflores pero otra se refugió pusilánime, cobarde, ante el invasor, escondidos en sus casas o en legaciones extranjeras, incluso habiendo simplemente desertado del ejército de reserva. No hubo, pues, una defensa multitudinaria y unánime de Lima y el caos desatado prosiguió hasta primeras horas del día 17.

Esa noche una milicia improvisada que se convocó a sí misma como “guardia cívica” de residentes, mayormente extranjeros de toda nacionalidad, con armas propias o tomando las abandonadas por las tropas en fuga, salió al encuentro de esas hordas, revelando su fuerza y el propósito que tenían de no dejar que continuaran el desorden y el pillaje. Formaron patrullas que en total sumaron entre 3.000 y 5.000 ciudadanos, según se menciona en diversas fuentes.

“En un ambiente luctuoso, el día 18 se cumplían 346 años de su fundación española. Esa fue la única toma de Lima. Hasta hoy”

 

Los enfrentamientos entre estos civiles armados y las turbas se sucedieron de la noche al alba. Se mencionó centenares de muertos y, en efecto, se podía ver cadáveres regados en las calles, sobre todo en las proximidades de mercados, como por la Plaza de San Juan de Dios y abajo el puente. En las legaciones extranjeras algunos refugiados que habían abandonado su ciudad a la violencia preguntaban si eran los chilenos quienes habían principiado el saqueo entrando a la capital, mostrando sorpresa al conocer que no había un solo soldado chileno en Lima.

Fue en la historia del Perú republicano y tal vez mundial el caso singular de que los extranjeros junto a una minoría de nacionales tuvieran que armarse y comprometerse en peligrosa lucha en la capital para proteger vidas y propiedades, teniendo que convertirse de hecho en jueces y ejecutores que consiguieron .por la fuerza someter a los amotinados.

Fue entonces que el alcalde Torrico, única figura de autoridad civil en Lima, acompañado de notables y de extranjeros de esa guardia, conferenció con el general chileno Baquedano ofreciéndole librada y abierta la ciudad. Se sabe que Baquedano se resistió a aceptar ese ofrecimiento en un primer momento, porque suponía empeñar fuerzas en debelar el desorden; francamente, no era de su interés, como se lo dijo de frente a los comisionados. Tuvo que intervenir el almirante francés Du Petit Thouars persuadiéndolo de ordenar el ingreso ordenado de sus tropas en Lima. Eso ocurrió el día 17 por la tarde. Se inició la ocupación chilena de Lima. En un ambiente luctuoso, el día 18 se cumplían 346 años de su fundación española. Esa fue la única “toma de Lima”. Hasta hoy.